Multitud. La crisis de la democracia por Antonio Negri y Michael Hardt (Multitud: Guerra y democracia en la era del Imperio)

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Multitud. La crisis de la democracia
por Antonio Negri y Michael Hardt (Multitud: Guerra y democracia en la era del Imperio)
«Los revolucionarios del siglo XVIII en Europa y Estados Unidos entendieron la democracia en términos claros y sencillos: el gobierno de todos por todos. En ese carácter universal consiste, en efecto, la primera gran innovación moderna del antiguo concepto: su extensión absoluta a todos. Recordemos que en la antigua Atenas, la democracia fue definida por Pericles como el gobierno de la mayoría, a diferencia del gobierno de unos pocos (aristocracia, oligarquía) o el de uno solo (monarquía, tiranía). En la Europa y la Norteamérica modernas, entre el siglo XVII y el XVIII esa noción heredada de la democracia de la mayoría se transformó en la democracia de todos. La noción antigua de democracia era un concepto limitado, lo mismo que la monarquía y la aristocracia, toda vez que la mayoría gobernante continuaba siendo apenas una parte del todo social. En cambio la democracia moderna no conoce límites, lo que permite a Spinoza calificarla de «absoluta». Este paso de la mayoría a todos es un salto semántico pequeño, pero ¡qué consecuencias tan extraordinariamente radicales tuvo! Esta universalidad viene acompañada de otras concepciones no menos radicales tales como la igualdad y la libertad. Para que todos gobernemos, nuestros poderes han de ser iguales, como libertad para actuar y elegir como a cada uno le plazca.
La segunda gran innovación del concepto moderno de democracia es su noción de representación. Se pensaba que este podría constituirse en el mecanismo práctico característicamente moderno, que haría posible el gobierno republicano en los extensos territorios del Estado-nación. La representación reúne dos funciones contradictorias: vincula la multitud al gobierno, y al mismo tiempo los separa. La representación es una síntesis disyuntiva porque conecta y aleja, une y separa al mismo tiempo. No olvidemos que muchos de los grandes pensadores revolucionarios del siglo XVIII no solo tenían sus reservas respecto de la democracia, sino que incluso la temían, y se opusieron a ella en términos explícitos y concretos. Para ellos la representación venía a ser una suerte de vacuna protectora frente a los peligros de la democracia absoluta: el cuerpo social recibe una pequeña dosis controlada de gobierno del pueblo, y así queda inmunizado contra los temibles excesos de la multitud. Con frecuencia estos pensadores del siglo XVIII utilizaron el término «republicanismo» para marcar esa distancia con respecto a la democracia.»

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