La esclavitud en Grecia por Jacob Burckhardt (Historia de la cultura griega)

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La esclavitud en Grecia
por Jacob Burckhardt (Historia de la cultura griega)
«Aquella edad de oro, en la que, según los autores cómicos, no había esclavos de ninguna especie, debió de ser en tiempos remotísimos, porque en lo que alcanza la tradición, aun la poética, siempre ha habido esclavos en tierras de este archipiélago, donde tan fáciles se presentaban el robo y la venta de materia humana, y donde los fenicios les habían precedido en el oficio.
Su procedencia es la más variada: escitas, getas, lidios, frgios, paflagonios, carios y sirios llenaban las casas y campiñas de Grecia, y compradores cautelosos componían su servicio con individuos de diferentes naciones, lo que eran difícil tratándose de dos o tres. No sabemos si los bárbaros, que eran los vendedores, suministraban su propia gente, o prisioneros de guerra, o productos de la caza humana. Pero también un griego educado podía en los tiempos clásicos convertirse en esclavo de otro griego: bastaba con caer en manos de enemigos poderosos o de piratas, pues en ajenas manos ya no valían de nada ni haber nacido libre ni ser ciudadano de donde fuera. Fedón y Platón sufrieron esta suerte; el primero, en su juventud; el segundo, siendo ya famoso filósofo; ambos fueron rescatados.
El precio corriente de un esclavo, dos minas en el siglo V (la mina igual a cien dracmas) y tres y media en el IV, debió de parecer barato, y la importación regular, asegurada, pues de los contrario la crianza hubiese competido con la compra, siendo así que no se atribuye a aquélla ningún valor económico.
Fue obvio el empleo de esclavos en el servicio ordinario de la casa y el campo. En fincas grandes hubo un esclavo jefe, y para las esclavas hubo desde un principio un ama de gobierno, que recibía instrucciones detalladas y debía ser tratada discreta y humanamente. También los esclavos ocupados de trabajos cualificados debían ser tratados, al entender de Aristóteles, más liberal y honestamente, mientras que los que se dedican a trabajos ordinarios tienen bastante con una alimentación abundante.
Resulta un poco difícil representarnos una Grecia que, junto a cuatro o cinco millones de hombres libres, poseía doce millones de esclavos, casi todos de procedencia no griega; el Ática, con casi cuatro veces más esclavos que libres, sin pensar en algunas ciudades industriales como Corinto, donde los libres no representaban más que una décima parte, pues la región de Corinto poseía 460.000 esclavo y Egina 470.000.
Nunca se olvidaron los grandes peligros que la esclavitud traía consigo.  En tiempos de guerra se temían sobremanera la deserción en masa de los esclavos, y el alivio del trato durantes ese tiempo no debe sorprendernos demasiado. En la guerra era un recurso habitual promover la rebelión de los esclavos del enemigo, y por esa razón, en caso de inminente ataque del enemigo, todo el que podía ponía en seguridad, no sólo la familia, sino también los esclavos.
Pero también en tiempos de paz la nación griega paga las consecuencias de que los habitantes libres de las ciudades y comarcas importantes desprecien el trabajo. Como veremos, había algunas excepciones, pero en el Ática se sabía muy bien que los esclavos no albergaban muy buenas intenciones respecto a sus amos.
El trato que reciben los esclavos está condicionado de antemano por el hecho de que casi todos ellos son bárbaros o semibárbaros. El menosprecio intelectual que vemos en Platón y Aristóteles deriva seguramente de ese hecho, aunque no se hace referencia expresa a él, y si en la realidad Aristóteles fue bondadoso y humanitario, como nos demuestra su testamento, ello habla tanto más a su favor. No vamos a detenemos con la consabida cuestión de si el esclavo posee alguna virtud y cuál sea ella ni con la opinión que cree que es de calidad inferior y tan por bajo del hombre libre como el cuerpo el alma, o el animal respecto al hombre, y que le falta la decisión reflexiva. Nada hay sano, nos dice Platón, en el alma de un esclavo. Se era completamente insensible para dejarse rodear y servir por una masa de hombres cuya vida era peor que la muerte. Jurídicamente, el esclavo se hallaba garantizado contra la muerte arbitraria y la violación (seguramente que no por consideración a él, sino para moderar el desenfreno del dueño); pero, por lo demás, entregado a cualquier castigo y a los malos tratos.Representaba una desgracia para todos los esclavos la existencia de la clase más desgraciada, la de los esclavos de las minas, que durante siglos tuvo que soportar todo lo que se puede imaginar contra la especie humana; no se les toleró más que lo necesario para que subsistieran y conservaran sus fuerzas, y debieron de permanecer sujetos permanentemente, fuera de las horas de trabajo. También entre los esclavos corrientes se dio frecuentemente este sistema, y no como castigo, sino para evitar la huida.
Pero, tomadas las cosas en conjunto, en el campo, lo mismo que en la ciudad, lo fundamental fue la desconfianza y el desprecio, sentimientos que señala Platón como los adecuados para con los esclavos; según su opinión, el amo no cometerá con ellos injusticia, pero, en cuanto se hallen en falta, deberá castigarlos inmediatamente, pues las buenas palabras no hacen sino envalentonarlos; no se permitirá bromas con ellos pues con eso no se hace sino dificultar, respectivamente, el mando y la obediencia; cada palabra debe ser una orden; la propiedad de hombres tiene también sus dificultades. El trato corriente nos lo describe brevemente Jenofonte: los amos sujetan la sensualidad de los esclavos poniéndolos a ración; su propensión al hurto, cerrando todo lo cerrable; sus ganas de evadirse, atándolos y su pereza la sacuden a palos. También las esclavas pueden ser objeto de semejante trato. Se recomienda no castigar a los esclavos en momentos de cólera, no por ellos, sino por temor a su venganza. Los ricos de abolengo eran, por lo general, amos más considerados, mientras que los nuevos ricos solían ser crueles y, en verdad, de manera, excesiva.
El esclavo es una cosa, y cualquier trato de favor que se recibe no es sino aparente.
A tenor de todo este capítulo, muchas de las instituciones jurídicas y políticas que tanto quehacer dan a los eruditos nos pueden dejar bastante impasible.
Finalmente, se comprende por sí solo que para toda ocupación especial y regular, por lo tanto no libre, a las que el Estado, y sobre todo el refinado ateniense no puede renunciar, se emplearan esclavos.»

Texto con actividades (en gallego)

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