La crisis de las ciencias europeas por Edmund Husserl (La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental)

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La crisis de las ciencias europeas
por Edmund Husserl (La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental)
«¿Cabe hablar seriamente de una crisis de nuestras ciencias sin más? ¿No será más bien una exageración este discurso, tan común en nuestros días? Que una ciencia esté en crisis quiere decir, en efecto, nada menos que esto: que su cientificidade genuina, que el modo como se propone a sí misma objetivos y tareas y elabora, en consecuencia, una metodología, se volvieron problemáticos. Esto podría, ciertamente, resultar aplicable a la filosofía, que en el presente tiende ameazadoramente a sucumbir al escepticismo, al irracionalismo, al misticismo. En la medida en que la psicología alimente aún pretensiones filosóficas y no  se limite a ser una ciencia positiva más entre las otras, esto podría valer asimismo para ella. Pero ¿cómo podríamos hablar sin más y seriamente de una crisis de la ciencia en general y, por tanto, también de las ciencias positivas, incluyendo la matemática pura, las ciencias exactas de la naturaleza, que nunca podremos, sin embargo, dejar de admirar como ejemplos modélicos de una cientificidade rigurosa y fecunda en grado sumo?
Pero tal vez desde otro punto de vista, esto es, partiendo de las quejas generales sobre la crisis de nuestra cultura y el papel atribuido a las ciencias en ella, encontremos motivos para someter a la  cientificidade de todas las ciencias a una crítica seria y muy necesaria, sin renunciar por eso al sentido primitivo e inatacable de dicha cientificidade, identificable con la legitimidad y adecuación de sus rendimientos sistemáticos.
La exclusividad con la que en la segunda mitad del siglo XIX se dejó determinar la visión entera del mundo del hombre moderno por las ciencias positivas y se dejó deslumbrar por la prosperidad hecha posible por ellas, significó paralelamente un desvío indiferente respeto de las cuestiones realmente decisivas para una humanidad auténtica. Simples ciencias de hechos hacen simples hombres de hechos. El giro en la estima y valoración públicas resultó inevitable después de la guerra, y en la generación más nueva se produjo como es sabido un sentimiento claramente hostil. En nuestra indigencia vital -oímos decir- nada tiene esta ciencia que decirnos. Las cuestiones que excluye por principio son precisamente las más candentes para unos seres sometidos, en esta época desventurada a mutaciones decisivas: las cuestiones relativas al sentido y al desatino de esta existencia humana. En su universalidad y necesidad para todos los hombres, ¿no requieren acaso reflexiones generales y respuestas racionalmente fundamentadas? Son cuestiones que afectan en definitiva al hombre en cuanto ser que en su conducta respeto del contorno humano y extrahumano decide libremente, en cuanto ser que es libre en sus posibilidades de configurarse a sí mismo en forma racional y de conformar no menos racionalmente su entorno. ¿Qué puede la ciencia decirnos sobre razón y senrazón?, ¿qué puede decimos sobre nosotros, seres humanos, en cuanto sujetos de esa libertad? La mera ciencia de los cuerpos materiales nada tiene, evidentemente que decirnos, puesto que hizo abstracción de todo lo subjetivo.
Por otra parte, en lo que hace a las ciencias del espíritu, que en todas sus disciplinas especiales y generales consideran al hombre en su existencia espiritual y, por consiguiente, en el horizonte de la historicidade, su cientificidade rigurosa exige que el investigador excluya cuidadosamente toda posible toma valorativa de posición, todo preguntar por la razón o despropósito de la humanidad y sus configuraciones culturales que constituyen el tema de su investigación. Pero ¿puede el mundo, y la existencia humana en él, tener a decir verdad un sentido si las ciencias no admiten como verdadero sino el constatable de este modo objetivo? ¿Podemos darnos por satisfechos con eso, podemos vivir en este mundo en el que el acontecer histórico no es otra cosa que concatenación incesante de ímpetus ilusorios y de amargas decepciones?
No siempre fue el  caso que la ciencia entendiera su exigencia de una verdad rigurosamente fundamentada en el sentido de esa objetividad metódicamente dominante en nuestras ciencias positivas y que, extendiendo su acción mucho más allá de ellas, procuró sostén y difusión general a un positivismo filosófico  y cosmovisional.    
La humanidad europea produce  en el Renacimiento un giro  revolucionario.  Se disponen contra lo que había sido hasta ese momento su modo  de existencia medieval,  lo desvaloriza,  quiere formarse nuevamente en libertad. Tiene su modelo admirado en la humanidad antigua. 
¿Qué es lo que se concibió como esencial del hombre antiguo? Tras algunas vacilaciones no otra cosa que la forma "filosófica" de existencia: el darse libremente a sí mismo, a la entera vida propia, reglas fundadas en la razón pura, tomadas de la filosofía. La filosofía como teoría no sólo hace libre al  investigador sino a todo ser humano filosoficamente  culto.  A La autonomía teorética sigue la práctica. En el ideal conductor del Renacimiento,  el  ser humano  antiguo  es  el que se forma a sí mismo intelectivamente en la razón libre.
En nuestro tiempo,  el  concepto  positivista de ciencia es,  entonces -considerado  históricamente-,  un  concepto  residual.  Dejó  de lado   todas  las  preguntas  que  se vinculaban  con el concepto de metafísica, sea  estricto  o amplio,  incluidas todas  las  oscuramente  llamadas  "preguntas  supremas  y últimas".  Todas  estas preguntas "metafísicas",  concebidas  en sentido  amplio,  las  específicamente  filosóficas, de acuerdo con el sentido habitual del término, van más allá del mundo como universo de las meras cosas.  Lo exceden precisamente como  preguntas que proponen la idea misma de razón. Y todas  pretenden  una  alta  dignidad  frente a las  preguntas  por los hechos,  que también  en la jerarquía de las preguntas están por debajo de aquellas.  El positivismo, por así  decir, decapita  la filosofía.
Las verdaderas  luchas, las  únicas  plenas  de significación, son  las  luchas entre la humanidad  ya  decaída  y la que está bien sustentada pero que lucha por ese bueno arraigo, o lo que es lo mismo, por  un arraigo  nuevo.  Las  propias luchas espirituales de la humanidad europea como  tales tienen lugar  como luchas entre filosofías, esto  es, entre las filosofías  escépticas  (o más  bien antifilosofías)  que sólo conservaron el  nombre, pero no la tarea  (y las filosofías  verdaderas, aún  vivientes).  Llevar la razón latente a la autocomprensión  de sus posibilidades y con eso hacer visible a posibilidad de una metafísica como una posibilidad verdadera; ese es el único camino para poner en marcha una metafísica, una filosofía universal, por el laborioso camino de su realización.»

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